Dar a luz cuando no es tu país – Podcast 4

 

Cuando mi primera hija nació no lo hizo en mi país de origen. Soy de España y mi hija nació en Irlanda. El cuidado prenatal fue muy distinto y con relativamente pocas pruebas. También tuve la opción de dar a luz en casa porque la sanidad lo cubría. Rechacé esa opción. Mi segunda y tercera hija en cambio sí nacerían en casa.

Comparando experiencias con mamás que dieron a luz en España, con mamás que dieron a luz en Irlanda, llegué a una conclusión: al final depende de la persona o personas que te atiendan durante el parto. Incluso hay mujeres que han pagado mucho dinero por tener a su lado a eminencias del parto respetado y se han encontrado con que la eminencia tenía un mal día y les ha dado literalmente el parto. O lo contrario, mujeres que iban aterradas a un hospital esperando un parto muy medicalizado y han encontrado ángeles que han respetado el proceso y les han hecho vivir un momento inolvidable.

Sí que es verdad que cuanto mejor elijamos el sitio y las personas menos sorpresas nos llevaremos, pero esa regla como digo no se cumple al 100%. Lo mejor es prepararnos, conocer nuestro cuerpo y el proceso y confiar plenamente en él. De aquí precisamente surgió la idea del método Nacimiento Feliz.

Volviendo al parto fuera de mi país, lo que si diferenció el dar a luz fuera fue España, fue la tremenda soledad que sentí tras dar a luz. Mi madre viajó para ayudarnos durante las primeras semanas pero no pude abrazar a mis familiares, ni a mis amigos. Mi teléfono sonaba y a través de la línea contaba la misma historia, cada vez mas magnificada. Sé que la soledad es propia del postparto en el mundo en el que vivimos, donde dar a luz esta poco mitificado y se reduce a las visitas de rigor. Ya no hay tribu que nos arrope, que haga ceremonias con nuestra heroicidad, que arrulle a tu bebe cuando estamos cansadas, que nos coja de la mano cuando queremos derrumbarnos porque no podemos más.

Sin tribu, esa soledad se quedó para instalarse. Recuerdo que el alma se me partía cuando mi madre nos dejo para volver a España. Allí me quedé, mirando por la ventana cómo se iba, con mi niña recién nacida en brazos.

Desde entonces y cada día me pregunto qué hago en un país y entorno que no es el mío y me hermano así con tantos millones de mujeres que están desplazadas, algunas como yo porque así lo hemos elegido, y otras por guerras o huyendo de algo. Todas fuera de nuestro lugar por lo injusto que es el mundo en el que vivimos. Porque si fuera justo seguramente no habría desplazados.

Nuestros hijos tendrán todos los beneficios de los hijos de inmigrantes: serán flexibles, se adaptaran con facilidad, valoraran las tradiciones y las raíces, disfrutarán de lo bueno de los dos mundos. Y también lo malo, cargarán con la herida de no pertenecer del todo a un ente más grande que su propia familia, por mucho que se esfuercen.

Es interesante ver cómo hay familias que sienten esto mismo en su propio país. Quizá no hace falta ser inmigrante para sentirse desplazado. Cambia de barrio, o de colegio, o de comunidad autónoma y sentirás lo mismo. Aunque si sigues hablando el mismo idioma no sera tan brutal.

Y quizá si dejamos de lamentarnos y lo buscamos, podemos encontrar nuestra pequeña tribu fuera de nuestros países de origen.


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